
La selección dejó todo en la cancha, pero también nos dejó una lección de compromiso y pasión.
Si bien el resultado no fue el que todos esperábamos, creo que podemos quedarnos con algo positivo de todo esto: la pasión. La que se vio a lo largo de estos partidos de repechaje, desde el himno, cuando vimos al capitán Luis Haquin entonarlo con lágrimas en los ojos, en el partido contra Surinam.
Desde ahí ya entendías que no era un partido más. Y esa sensación se sostuvo durante todo el juego. No soy experto en fútbol, pero hay cosas que no pasan por lo técnico. Se notaba que había intención, entrega, ganas reales de sostener el partido hasta el final.
Y también se sentía y se veía en las calles. Todo el país se puso, literalmente, la camiseta. Desde los que se tomaron un avión para ir a alentar a la selección, hasta los restaurantes llenos con pantallas para transmitir el partido, los fan fest e incluso quienes sacaron sus televisores a la calle para que todos puedan verlo. Grupos de amigos reunidos como si estuvieran en el estadio. Había una energía distinta, una energía compartida. Una sensación de estar todos conectados por lo mismo. Nos devolvieron el orgullo de ser bolivianos.
Y si esto no pasara solo con el fútbol? Creo que ahí está el punto.
La pasión no es solo del que ejecuta. También se transmite. Se siente. Se contagia.
Lo que pasa en la cancha tiene un impacto directo en cómo lo vive la gente afuera. Obviamente el fútbol tiene una carga emocional difícil de comparar, pero la lógica es la misma en cualquier espacio. Cuando alguien realmente está comprometido con lo que hace, se nota. No porque lo diga, sino por cómo lo hace. En la forma en la que se involucra, en la energía que le pone, en cómo sostiene lo que construye incluso cuando el resultado no es el que esperaba.
Eso genera conexión.
No necesitas explicarlo demasiado. La gente lo percibe.
Siempre va a estar el que ejecuta, el que da el servicio, el que está en la cancha. Y ese tiene que estar apasionado por lo que hace, porque eso termina marcando la diferencia en cómo lo entrega. Pero también está el otro lado, el que recibe: el público, la gente, la hinchada. Y cuando lo que recibe viene con entrega real y con pasión, no hace falta convencer a nadie. La gente se siente parte: te compra, te contrata o simplemente se queda.
Ayer Bolivia no ganó, pero eso no borra lo que se vio y se sintió estos días en todo el país.
Más allá del resultado, lo que queda es eso: cuando hay pasión, se nota.